“La docilidad a la acción del Espíritu Santo es condición fundamental; razón por la cual, para obtener docilidad hemos de mirar a Cristo resucitado, a su Rostro, y no a cualquier otro rostro, pues, como también lo anunciara el mismo Juan Pablo II en Tertio Millenio ineunte, “(…) la Iglesia mira ahora a Cristo resucitado (…) En el rostro de Cristo ella, su Esposa, contempla su tesoro y su alegría. La Iglesia, animada por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio: Él « es el mismo ayer, hoy y siempre » (Hb 13,8)” — en Ecclesia mysterium lunae (del Padre Henri de Lubac).

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